AMOR ADOLESCENTE Y AMENAZAS DE MUERTE

Una historia de amor entre dos adolescentes que ha burlado la tradición de los matrimonios arreglados y ha provocado un escándalo en Afganistán. Incluso el padre de la chica dijo que quería que el gobierno los matara a ambos.

Photo by Lynsey Addario

Los dos jóvenes se conocieron en una industria de helados intercambiando miradas antes de fichar, murmurando saludos mientras el supervisor miraba hacia otro lado y, finalmente un número de teléfono doblado y tirado discretamente en el suelo del taller.

Fue el comienzo de una historia de amor afgana que burló las tradiciones dominantes de los matrimonios arreglados y el examen de la familia, un romance entre jóvenes de etnias diferentes que puso a prueba la tolerancia del pueblo con los más modernos caprichos del corazón. Los resultados llegaron a velocidad vertiginosa.

El mes pasado, un grupo de hombres vio a la pareja juntos en un coche, los sacaron a la carretera y les empezaron a interrogar. ¿Por qué estaban juntos? ¿Qué derecho les asistía para ello? Una enojada multitud de unas trescientas personas les rodeó llamándoles adúlteros y pidiendo que fueran apedreados hasta morir o colgados.

Cuando apareció la policía y rescató a la pareja, la ira de la multitud explotó. Apabullaron a las fuerzas de seguridad, prendieron fuego a los coches y tomaron al asalto una comisaría, planteándose interrogantes acerca del peso de la ley en una de las primeras ciudades en la transición a liderar la seguridad afgana.

El tumulto terminó con un hombre muerto y los dos jóvenes, Halima Mohammedi y Rafi Mohammed, en una prisión juvenil. Oficialmente, sus destinos están en las manos de un inestable sistema legal. Pero se enfrentan a los más duros juicios de la familia y de la comunidad.

El tío de la muchacha le dijo que había avergonzado a la familia y le prometió que la matarían una vez fuese liberada. Su padre, un obrero analfabeto, asintió con tristeza. Lloró durante dos visitas a la cárcel, sin apenas hablar a su hija. Sangre, dijo, quizás era la única salida.

“Lo que pediríamos es que el gobierno debería matarlos a ambos”, dijo el padre, Kher Mohammed.

Los jóvenes plantearon con claridad que ellos estaban dispuestos a morir. Pero estaban desconcertados preguntándose por qué debían morir.

Rafi, de diecisiete años, dijo: “Me siento muy mal. Sólo rezo para que Dios  devuelva a esta chica a mi lado. Estoy preparado para perder mi vida. Sólo quiero que la liberen y a salvo.”

Halima, que cree que tiene diecisiete años, dijo: “Todos somos humanos. Dios nos creó de la tierra. ¿Por qué no podemos casarnos, o amarnos?”

El caso ha resonado en Herat, en parte porque ha agitado recuerdos de una lapidación ordenada por el Talibán el pasado verano.

En Kunduz, una joven pareja fue apedreada hasta morir por decenas de personas, incluyendo familiares, después de haberse fugado. La lapidación, registrada en vídeo y publicada en internet meses más tarde, mostró una brutal aplicación de la Sharia. Las autoridades afganas prometieron investigar después de un llamamiento internacional, pero nadie se ha enfrentado a cargos criminales.

La respuesta a la violencia, ésta vez fue alentadora en comparación. Los clérigos superiores declinaron condenar a la pareja. La policía arriesgó la vida poniendo a los jóvenes a salvo y dejándolos dentro del sistema legal, mejor que en manos de sus enfadados familiares. Y el consejo provincial decidió que la pareja merecía la protección del gobierno porque ella no estaba comprometida y todos decían que ellos querían casarse.

“No son criminales, incluso aunque hayan realizado actividades sexuales”, declaró Abdul Zahir, cabeza del consejo.

Pero hasta el momento, sus palabras ni han liberado a los adolescentes ni les han dado ningún tipo de seguridad a largo plazo.

Halima fue acogida inicialmente en el albergue exclusivo para mujeres de su provincia, de más de un millón y medio de habitantes, pero enseguida la policía la trasladó al centro de detención juvenil, donde alrededor de cuarenta chicas y cuarenta chicos duermen en dormitorios separados. La policía dijo que había remitido a los fiscales los casos de los adolescentes.

“Desde su punto de vista (el de los fiscales), ella cometió un delito”, dijo Suraya Pakzad, directora de la organización Voces de Mujeres, un grupo de derechos que proporcionó a Halima cama por una noche.

La señora Pakzad dijo que muchas de las mujeres y chicas que se encuentran en los albergues del oeste de Afganistán habían huido de matrimonios forzados o abusivos, o habían sido condenadas al ostracismo por haberse citado sin la aprobación de sus familias. Los familiares masculinos castigan frecuentemente tales trasgresiones con golpes o la muerte.

Los chicos dijeron que ellos no se preocupaban por tales cosas.

Él no pensó acerca de la rabia que estallaría si un joven hombre tayiko recogía a una muchacha hazara en un barrio dominado por la minoría conservadora hazara. “Cuando amas a alguien, tú no preguntas quién o qué es ella”, explicó Rafi. “Sólo vas a por ello.”

Tenían mucho en común. El padre del chico había muerto, lo mismo que la madre de ella. Se describían el uno al otro como tranquilos y educados, algo tímidos. Les gustaban las mismas canciones cursis que se oían en todas partes procedentes de Irán.

Después de seis años de escuela primaria, Halima quiso estudiar inglés y aprender informática, pero explicó que su familia le había dicho que iba a ser una pérdida de tiempo y la enviaron a trabajar a la factoría de helados por noventa y cinco dólares al mes. Ella y Rafi se encontraron allí. Él pasó un mes robando saludos antes de que Halima arrojara a sus pies su número de teléfono.

Hablaron por teléfono muchas noches, aunque la madrastra de Halima lo desaprobaba. Después de un año, decidieron que estaban hartos de su relación oculta. Querían reunirse, ir al juzgado y casarse. Rafi convenció a un primo mayor para que le llevara al pueblo de Jabrail, donde ella esperaba en la plaza del pueblo.

No se habían alejado demasiado cuando un coche les cortó el paso y hombres enojados saltaron fuera. Halima no resultó dañada en el tumulto que se formó, pero la multitud le dio una paliza al primo y golpearon a Rafi hasta que se desplomó.

“Sabíamos que querían matarnos,” dijo la chica.

Ahora se sientan en extremos opuestos de la misma prisión, sin verse el uno al otro. Rafi cuida las heridas en su inflamada cara y amoratados ojos, y Halima asiste a clases y aprende a confeccionar ropa. Ambos dicen que quieren estar juntos, pero hay dificultades. Los familiares del hombre muerto en el tumulto enviaron un mensaje a Halima culpándola por la muerte. Pero le ofrecieron una salida: Casarse con uno de sus otros hijos y su deuda quedaba saldada.

Traducción de un artículo de Jack Healy, publicado en la página 2 del periódico International Herald Tribune el día 1 de agosto de 2011.

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Una Respuesta a AMOR ADOLESCENTE Y AMENAZAS DE MUERTE

  1. Hari dijo:

    Mientras haya personas que se conmocionen con hechos como este, o con cualquiera que atente a los derechos más fundamentales del ser humano, hay esperanza para el cambio, aunque éste se de a pasos diminutos…

    Un Abrazo Nacho!

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